sábado, 9 de febrero de 2019

Portero de edificio.


El portero del edificio lo sabía todo. 
Lo miró a los ojos de forma bastante extraña y el joven se dió cuenta, ella salió antes y él después. No sirvió de mucho la performance. 
Ella luego lo miró dos veces dándose vuelta y se saludaron, las dos veces lo hicieron, casi de forma idéntica. El joven fue por un desayuno. Ella siguió por la avenida no mucho más porque relativamente eran vecinos. El portero siguió barriendo la suciedad de la mañana.

Se habían encontrado en un bar citadino, algo neutral y para los comentaristas de turno; algo riesgoso también ya que en el pueblo todos saben que el joven, Pedro, tiene una compañera que no era esa joven.  Los dos tomaron whiskey doble y luego varias cervezas en salud de todo el tiempo que no se habían visto. Eran casí 15 años.  Se conocían muy bien, tenían lo que ella llamó “el vinculo”, pero realmente, parece que se estaban reconociendo esa misma noche en ese bar apestoso. La atracción siempre fue evidente hasta que fueron a la casa de Pedro, donde siguieron tomando, se mordieron los labios varias horas, fumaron porros e hicieron el amor violentamente.  También durmieron juntos y se despertaron juntos. 

En la mañana, ella tenía los ojos en lágrimas por sus lentes de contacto que nunca pudo sacarse.Luego del desayuno, Pedro volvió a su rutina en el auto, la gran resaca que invadía su cuerpo y la tranquilidad de no sentirse culpable por lo que había pasado la noche anterior se reflejaban en el retrovisor de la camioneta cuando en cada minuto muerto se miraba.

Luego de terminar la jornada laboral y de cargamento, Pedro se encontró nuevamente con el portero del edificio. Está vez muy lejos de su casa,  esta vez a pocos metros de su trabajo,
esta vez, el portero le gritó desde lo lejos y lo saludó levantando la mano, algo nada habitual. 

El joven quedó paralizado un instante y luego siguió el camino hasta su casa.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Marcos, el Sordito y el Dentista

Esa tarde Marcos pensó en matarlo y aprovechar para robar el poco dinero que tenía el dentista en su consultorio. Esa acción iba a terminar con algunas de las cosas más perversas del barrio sur.
 Justo en el momento que salía, entró el Sordito y se reconocieron. Él también asistía al lugar para arreglarse los dientes. Apenas se llamaron la atención con los ojos, la puerta se cerró. Luego de ese encuentro fortuito o no, más gente se iba enterar.

Algo detuvo a Marcos que no pudo con el dentista. En realidad con el Sordito se conocían muy bien y tocó timbre unos minutos después de que la sesión de Marcos terminara así que el sonido no fue la excusa.  El dentista ya estaba parado con la laptop en la mano para que Marcos eligiera un video porno para que la mamada sea más a gusto,  y  así  seguir pagando a cuenta las sesiones de reparación dental que habían pactado. 

Suponemos que ese instante sería el momento que Marcos le pegaría un tiro en la cabeza.  El arma nunca se olvidaba, siempre estaba cerca, a mano. Y en esta ocasión  se encontraba en el bolsillo de la campera que estaba atrás de la silla luminosa. Solamente era meter la mano y agarrarla.  Marcos acabó en la cara del dentista insultándolo con sus ojos tomados de roja rabia  el dentista disfrutaba de ese ritual. 

Recuerdo que discutimos que quizá esa costumbre era para sentirse más limpio si sus jóvenes clientes le gritaban sus palabras más entrañables al final de cada sesión. 

De todas formas, algo detuvo a Marcos y no lo mató, eso ya lo repetimos. Habría matado unas tres o casi cuatro veces, así que una mancha más al joven tigre no le hacía. Levantó su campera y tapando su mano de arma, salió. Perecía decidido a ir de aventuras por las calles de el barrio.

El dentista es un hombre mayor, tiene cabello blanco y un caminar bastante peculiar y afeminado. Me lo señaló mi primo con su dedo mientras hacíamos correr las horas de trabajo en la camioneta. Mi primo dice ser conocido de Marcos y del Sordito, siempre sus conocidos son del barrio. Yo por lo pronto le creo, o no sé si le creo, pero lo escucho y sin dudas las historias que siempre suceden en su barrio hacen más llevadera la jornada laboral de carga. 

Los cuerpos, como él los nombra, van al dentista a arreglarse los dientes picados por la cantidad de pasta que se meten, pero en serio, les quedan joya.

Los  cuerpos, andan en la corta y se los conoce como los ratitas también o los guachitos del barrio que se dan cuenta que tienen que arreglarse la boca en algún tiempo muerto o cuando se miran al espejo, o luego de quemar todo con un fierro, robando todos los comercios de la avda principal  incluyendo el propio ciber donde juegan en red a algún juego de estrategia.

-  No les importa nada ahora! Decía mi primo.

Se ve que les gusta pensé.



Cruce de frontera


El cliente apuraba un vaso de caña. Eran las cuatro de la tarde, la cocina estaba cerrada y este nuevo señor solamente tomaba caña. Una tras otra.

-Es bien casera, ¿vio?
-Sí. Muy espesa -respondió el cliente, evitando el cruce de miradas.

El dueño de la taberna tenía hace ya unos años su parador entre los dos pueblos de la carretera internacional. Sus clientes eran camioneros de paso dada la situación de frontera. La tranquila aparición del hombre pelirrojo le despertaba curiosidad por lo que sus ojos no dejaban de seguir los movimientos del vaso. El colorado se percató que era momento de retirarse antes que empezara el cuestionario.

Entonces, el colorado se levanta y deja el dinero en el mostrador. Cuando le da la espalda, el dueño de la taberna se da cuenta que el colorado lleva unos guantes de seda. La puerta del parador se cierra. Por la ventana el dueño observa el caminar del colorado mientras se inventa a sí mismo varias historias posibles.


Decepción de una conducta


Y sin que se dé cuenta llegaba otra vez. ¡Todos lo estaban esperando!

sus  venas no permiten que los demás se prendan fuego. Ahí es cuando empieza todo.

la mandíbula tersa y la verborragia inmunda del que desaparece, entristece a cualquiera de los  presentes.

pero él es fuerte y se expresa de forma alta.

siempre con algún verso robado, un falso romántico.

se vuelve a pisar. al otro día no se acuerda. es el alcohol y las pastillas y la droga. no es nada de eso. 

siempre es eso y mucho más.

cuando llega la hora de intentar olvidar y apagar la luz él no se duerme, los demás  tampoco. a la mañana siguiente quiere desaparecer pidiendo perdón.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Un cuarto de rebaño.

Está dividido en dos. Un espacio mental que es relativamente imaginario y se desprende a partir de una puerta entornada, y el otro que sí es real y lo puedo sentir. Por momentos creo que estoy disfrutando de un frigorífico caliente que se encuentra en condiciones óptimas para la temperatura corporal. Las paredes, los pisos de madera y la pequeña ventana a cuadritos, que no me permiten ver en totalidad el primer sol, me recuerdan a una casa oscura de verano. No existen sonidos ni ruidos, el silencio aturde mis orejas preparándome para un estado meditativo profundo. Me decido a realizarlo. La cama está en el centro del cuarto, es el único elemento del ambiente donde mi cuerpo puede descansar y relajarse. Acelero el ritmo, el cerebro se hiperventila gradualmente transformando la temperatura de la pieza, de mi cuerpo. Está un poco fresco, me tapo.

Es bastante absurdo creer que alguien le tema a un pedazo de su cuarto y más aún si lo desconoce. Cuando estoy por sentir la liberación siempre ocurre algo que no me deja avanzar, pero sabía de antemano que hoy iba a ser diferente, los pocos rayos de luz que entraban por la ventana a cuadros transmitían esperanza.

Me doy vuelta y me veo acostado, siento un placer inmenso de haber abandonado esa piedra corporal. Avanzo de una forma innovadora para mi conciencia, esto me permite recorrer todos los rincones que forman el rectángulo del cuarto. Voy de un lado hacia otro, lo observo desde distintas perspectivas y me doy cuenta que siempre es bastante similar; hay una cama, una ventana y una puerta semiabierta. Luego de la contemplación del cuarto escucho una música desconocida pero muy inquietante para mi pecho. Obviamente sale de la puerta desconocida. Entro sin necesidad de abrir la puerta ya que viajo como si fuera humo de cigarrillo, atravesar volúmenes es fácil, puedo lograrlo porque soy un espectro o quizás un fantasma.

El espacio es enorme, muy blanco y no hay fugas. La música es perfecta y con el volumen saludable para el alma, sigue inquietándome, trato de encontrar la fuente del sonido pero es inútil, solo blanco. En un determinado momento siento como las preocupaciones humanas viajan por un hilo que conecta la cabeza del estúpido hombre lento que está en la cama, con el valiente y veloz que está del otro lado de la puerta. Me doy cuenta que es un obstáculo para mi objetivo, pero es tarde,  siento una breve inyección que enlentece mis acciones, dejo de estar realmente puro. Puedo experimentar y entender. Experimento cómo se achica el cuarto y cómo desvanece la música, entiendo que desaparecieron los rayos que me regalaba la ventana. 

Otra vez lo dejé escapar.

Habían pasado ya tres horas y seguía esperando que llegue. Nunca llegó. Aproveché la noche para detenerme; logré ver el aura del árbol del vecino, conversé con los perros y la tranquilidad me regaló una canción que contaba que un pájaro, que estaba con su compañera, no podía volar por el clima y  entonces descansaba en su nido. Sin otra chance dormí solo. La única definición que encuentra mi cabeza de expectativas es “yo espero algo de…”, no sé si fui claro, pero son odiosas e incluso inaceptables para una persona que cree vivir todos sus días como si fueran los últimos. Tengo que aprender a disminuirlas, un día de sol me espera mañana.

Llueve, domingo otoñal y triste, se me pasparon los labios, a las cuatro me encuentro con ella para despedirme, esta vez el característico, o mejor dicho, singular dolor de panza me lo decía, era un verdadero “chaupinela”. Nos dijimos lo mismo de siempre, pero en esta ocasión la diferencia de perspectiva  alcanzó a desilusionarme, solo pude besar su frente, la insulté. Desde "la plaza de las empanadas", que era un bautismo íntimo, hasta casa hay seis cuadras pero los pedales de la bicicleta moderna no descansaron hasta que cumplieron su función de ojos de gato. Estaba cansado, no quise hablar con nadie, apagué la luz y me entregué al sueño.

Siempre sostuve que el experimento de la observación callejera me entretiene. Es difícil para cualquier miembro de una sociedad responder a la pregunta "¿Hoy es 8 o 9?" (teniendo en cuenta que viven en una semana de asueto o libre). No significa nada, ¿no? Volviendo a la experimentación científica, me paro en una esquina céntrica, atención calibrada, las leyes no me permiten disfrutar de mi tabaco sin frío, un policía alto y joven habla por su teléfono móvil y expresa, en tono de preocupación: “-¿Pudiste pagar los gastos comunes”? . Doy una calada larga, recreo la escena en mi cabeza, vuelvo a la calle pero el hombre de gris desaparece. El segundo movimiento se trata de una mujer gorda de unos 55, 60 años con su hijo también, esta vez gordito, ella dice “-Te voy a dar una patada en el culo y te vas a ir con tu padre”. Padre en tono despectivo, el concepto es opuesto al anterior, los gestos llaman a la “bromeria”, ambos se ríen. 

"¡Qué increíble! ¡Da lástima, aburrimiento!", el divertimiento dura poco en mi persona. Pago las grapamieles y me uno al movimiento callejero. Creo que todavía no estaba apto para mis clásicos momentos de silencio, estaba realmente triste, de todas formas intuía que la ridícula reflexión de los tiempos con ella se aproximaba.

Acá estoy, el agua está clara, divina para ser otoño, debo admitir que mi molestia por tener frente a mis ojos río y no océano es enorme. Llegó el momento de la desintoxicación, de hacer un zapping de sentimientos, verlos en el proyector mental, abandonarte. Tengo una pulsera verde en la mano izquierda. Ambos la tenemos o “íamos”, eso ahora no lo sé. Lo que sí sé, es que se las compramos a unas niñitas argentinas en Punta del Diablo a 7,50 pesos. Jugaban al almacén. Ellas, nunca se enteraron el valor de su artesanía en nosotros. Necesito deshacerme de esta insignificante piola, gozo de los ritos. La quemo y me quemo la muñeca, con la mano derecha me la froto y consigo una nueva pulsera, esta vez de ampollas. Esta sí que es real, la siento, me arde, me tiro en la arena a llorar como un niño. Entro en trance o en sueño.   Desperté y seguía en el mismo lugar, un sol de verano jodido que me achicharraba la piel. Me quito todas las mudas, quedo completamente desnudo y nado un buen rato, perrito es el único que sé, es el que cansa menos.

Todavía no estaba tranquilo, me faltaba encontrar la calma mental y otras veces la del alma. Me faltaba entender mi cuarto y su energía adictiva para mi desdoblamiento, me faltaba entender el sol de verano en un día de otoño, tampoco podía soportar y convencerme que el amor de dos individuos desaparezca por diferencias de perspectivas, inmunda  palabra perspectiva.
  
Hay tiempos en que la paciencia se agota y las incertidumbres se guardan en la caja de fotos o cajita personal o en mi caso la caja amarilla,  es ese lugar apestoso donde hay fotos de uno mismo disfrazado de algún superhéroe, también se cuela alguna carta de amor, anotaciones sin sentido, objetos que alguna vez significaron algo pero se archivaron, que se embalsamaron. ¿Por qué uno hace eso con las incertidumbres? ¿cobardía? ¿bienestar falso? ¿desesperación? Es claro que no sé la respuesta, no hay ni que decirlo, pero de todas formas me gustaría acercarme a una.  En estos últimos cuatro meses, aseguro que mi cuerpo se congeló, a pesar del frío invernal mis sentidos se sofocaron y no se expresaron como de costumbre. Fue aburrido, molesto, desagradable y penosamente cómodo. 

Decidí entrar en la granja, no quiero que me deshuesen, quiero darte mi hilo y que te abrigues con él, pero necesito tu ayuda. Vamos a nadar.


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