Está dividido en dos. Un espacio mental que es relativamente imaginario y se desprende a partir de una puerta entornada, y el otro que sí es real y lo puedo sentir. Por momentos creo que estoy disfrutando de un frigorífico caliente que se encuentra en condiciones óptimas para la temperatura corporal. Las paredes, los pisos de madera y la pequeña ventana a cuadritos, que no me permiten ver en totalidad el primer sol, me recuerdan a una casa oscura de verano. No existen sonidos ni ruidos, el silencio aturde mis orejas preparándome para un estado meditativo profundo. Me decido a realizarlo. La cama está en el centro del cuarto, es el único elemento del ambiente donde mi cuerpo puede descansar y relajarse. Acelero el ritmo, el cerebro se hiperventila gradualmente transformando la temperatura de la pieza, de mi cuerpo. Está un poco fresco, me tapo.
Es bastante absurdo creer que alguien le tema a un pedazo de su cuarto y más aún si lo desconoce. Cuando estoy por sentir la liberación siempre ocurre algo que no me deja avanzar, pero sabía de antemano que hoy iba a ser diferente, los pocos rayos de luz que entraban por la ventana a cuadros transmitían esperanza.
Me doy vuelta y me veo acostado, siento un placer inmenso de haber abandonado esa piedra corporal. Avanzo de una forma innovadora para mi conciencia, esto me permite recorrer todos los rincones que forman el rectángulo del cuarto. Voy de un lado hacia otro, lo observo desde distintas perspectivas y me doy cuenta que siempre es bastante similar; hay una cama, una ventana y una puerta semiabierta. Luego de la contemplación del cuarto escucho una música desconocida pero muy inquietante para mi pecho. Obviamente sale de la puerta desconocida. Entro sin necesidad de abrir la puerta ya que viajo como si fuera humo de cigarrillo, atravesar volúmenes es fácil, puedo lograrlo porque soy un espectro o quizás un fantasma.
El espacio es enorme, muy blanco y no hay fugas. La música es perfecta y con el volumen saludable para el alma, sigue inquietándome, trato de encontrar la fuente del sonido pero es inútil, solo blanco. En un determinado momento siento como las preocupaciones humanas viajan por un hilo que conecta la cabeza del estúpido hombre lento que está en la cama, con el valiente y veloz que está del otro lado de la puerta. Me doy cuenta que es un obstáculo para mi objetivo, pero es tarde, siento una breve inyección que enlentece mis acciones, dejo de estar realmente puro. Puedo experimentar y entender. Experimento cómo se achica el cuarto y cómo desvanece la música, entiendo que desaparecieron los rayos que me regalaba la ventana.
Otra vez lo dejé escapar.
Habían pasado ya tres horas y seguía esperando que llegue. Nunca llegó. Aproveché la noche para detenerme; logré ver el aura del árbol del vecino, conversé con los perros y la tranquilidad me regaló una canción que contaba que un pájaro, que estaba con su compañera, no podía volar por el clima y entonces descansaba en su nido. Sin otra chance dormí solo. La única definición que encuentra mi cabeza de expectativas es “yo espero algo de…”, no sé si fui claro, pero son odiosas e incluso inaceptables para una persona que cree vivir todos sus días como si fueran los últimos. Tengo que aprender a disminuirlas, un día de sol me espera mañana.
Llueve, domingo otoñal y triste, se me pasparon los labios, a las cuatro me encuentro con ella para despedirme, esta vez el característico, o mejor dicho, singular dolor de panza me lo decía, era un verdadero “chaupinela”. Nos dijimos lo mismo de siempre, pero en esta ocasión la diferencia de perspectiva alcanzó a desilusionarme, solo pude besar su frente, la insulté. Desde "la plaza de las empanadas", que era un bautismo íntimo, hasta casa hay seis cuadras pero los pedales de la bicicleta moderna no descansaron hasta que cumplieron su función de ojos de gato. Estaba cansado, no quise hablar con nadie, apagué la luz y me entregué al sueño.
Siempre sostuve que el experimento de la observación callejera me entretiene. Es difícil para cualquier miembro de una sociedad responder a la pregunta "¿Hoy es 8 o 9?" (teniendo en cuenta que viven en una semana de asueto o libre). No significa nada, ¿no? Volviendo a la experimentación científica, me paro en una esquina céntrica, atención calibrada, las leyes no me permiten disfrutar de mi tabaco sin frío, un policía alto y joven habla por su teléfono móvil y expresa, en tono de preocupación: “-¿Pudiste pagar los gastos comunes”? . Doy una calada larga, recreo la escena en mi cabeza, vuelvo a la calle pero el hombre de gris desaparece. El segundo movimiento se trata de una mujer gorda de unos 55, 60 años con su hijo también, esta vez gordito, ella dice “-Te voy a dar una patada en el culo y te vas a ir con tu padre”. Padre en tono despectivo, el concepto es opuesto al anterior, los gestos llaman a la “bromeria”, ambos se ríen.
"¡Qué increíble! ¡Da lástima, aburrimiento!", el divertimiento dura poco en mi persona. Pago las grapamieles y me uno al movimiento callejero. Creo que todavía no estaba apto para mis clásicos momentos de silencio, estaba realmente triste, de todas formas intuía que la ridícula reflexión de los tiempos con ella se aproximaba.
Acá estoy, el agua está clara, divina para ser otoño, debo admitir que mi molestia por tener frente a mis ojos río y no océano es enorme. Llegó el momento de la desintoxicación, de hacer un zapping de sentimientos, verlos en el proyector mental, abandonarte. Tengo una pulsera verde en la mano izquierda. Ambos la tenemos o “íamos”, eso ahora no lo sé. Lo que sí sé, es que se las compramos a unas niñitas argentinas en Punta del Diablo a 7,50 pesos. Jugaban al almacén. Ellas, nunca se enteraron el valor de su artesanía en nosotros. Necesito deshacerme de esta insignificante piola, gozo de los ritos. La quemo y me quemo la muñeca, con la mano derecha me la froto y consigo una nueva pulsera, esta vez de ampollas. Esta sí que es real, la siento, me arde, me tiro en la arena a llorar como un niño. Entro en trance o en sueño. Desperté y seguía en el mismo lugar, un sol de verano jodido que me achicharraba la piel. Me quito todas las mudas, quedo completamente desnudo y nado un buen rato, perrito es el único que sé, es el que cansa menos.
Todavía no estaba tranquilo, me faltaba encontrar la calma mental y otras veces la del alma. Me faltaba entender mi cuarto y su energía adictiva para mi desdoblamiento, me faltaba entender el sol de verano en un día de otoño, tampoco podía soportar y convencerme que el amor de dos individuos desaparezca por diferencias de perspectivas, inmunda palabra perspectiva.
Hay tiempos en que la paciencia se agota y las incertidumbres se guardan en la caja de fotos o cajita personal o en mi caso la caja amarilla, es ese lugar apestoso donde hay fotos de uno mismo disfrazado de algún superhéroe, también se cuela alguna carta de amor, anotaciones sin sentido, objetos que alguna vez significaron algo pero se archivaron, que se embalsamaron. ¿Por qué uno hace eso con las incertidumbres? ¿cobardía? ¿bienestar falso? ¿desesperación? Es claro que no sé la respuesta, no hay ni que decirlo, pero de todas formas me gustaría acercarme a una. En estos últimos cuatro meses, aseguro que mi cuerpo se congeló, a pesar del frío invernal mis sentidos se sofocaron y no se expresaron como de costumbre. Fue aburrido, molesto, desagradable y penosamente cómodo.
Decidí entrar en la granja, no quiero que me deshuesen, quiero darte mi hilo y que te abrigues con él, pero necesito tu ayuda. Vamos a nadar.
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