Recuerdo que discutimos que quizá esa costumbre era para sentirse más limpio si sus jóvenes clientes le gritaban sus palabras más entrañables al final de cada sesión.
De todas formas, algo detuvo a Marcos y no lo mató, eso ya lo repetimos. Habría matado unas tres o casi cuatro veces, así que una mancha más al joven tigre no le hacía. Levantó su campera y tapando su mano de arma, salió. Perecía decidido a ir de aventuras por las calles de el barrio.
El dentista es un hombre mayor, tiene cabello blanco y un caminar bastante peculiar y afeminado. Me lo señaló mi primo con su dedo mientras hacíamos correr las horas de trabajo en la camioneta. Mi primo dice ser conocido de Marcos y del Sordito, siempre sus conocidos son del barrio. Yo por lo pronto le creo, o no sé si le creo, pero lo escucho y sin dudas las historias que siempre suceden en su barrio hacen más llevadera la jornada laboral de carga.
Los cuerpos, como él los nombra, van al dentista a arreglarse los dientes picados por la cantidad de pasta que se meten, pero en serio, les quedan joya.
Los cuerpos, andan en la corta y se los conoce como los ratitas también o los guachitos del barrio que se dan cuenta que tienen que arreglarse la boca en algún tiempo muerto o cuando se miran al espejo, o luego de quemar todo con un fierro, robando todos los comercios de la avda principal incluyendo el propio ciber donde juegan en red a algún juego de estrategia.
- No les importa nada ahora! Decía mi primo.
Se ve que les gusta pensé.
No hay comentarios:
Publicar un comentario