miércoles, 16 de octubre de 2013

Marcos, el Sordito y el Dentista

Esa tarde Marcos pensó en matarlo y aprovechar para robar el poco dinero que tenía el dentista en su consultorio. Esa acción iba a terminar con algunas de las cosas más perversas del barrio sur.
 Justo en el momento que salía, entró el Sordito y se reconocieron. Él también asistía al lugar para arreglarse los dientes. Apenas se llamaron la atención con los ojos, la puerta se cerró. Luego de ese encuentro fortuito o no, más gente se iba enterar.

Algo detuvo a Marcos que no pudo con el dentista. En realidad con el Sordito se conocían muy bien y tocó timbre unos minutos después de que la sesión de Marcos terminara así que el sonido no fue la excusa.  El dentista ya estaba parado con la laptop en la mano para que Marcos eligiera un video porno para que la mamada sea más a gusto,  y  así  seguir pagando a cuenta las sesiones de reparación dental que habían pactado. 

Suponemos que ese instante sería el momento que Marcos le pegaría un tiro en la cabeza.  El arma nunca se olvidaba, siempre estaba cerca, a mano. Y en esta ocasión  se encontraba en el bolsillo de la campera que estaba atrás de la silla luminosa. Solamente era meter la mano y agarrarla.  Marcos acabó en la cara del dentista insultándolo con sus ojos tomados de roja rabia  el dentista disfrutaba de ese ritual. 

Recuerdo que discutimos que quizá esa costumbre era para sentirse más limpio si sus jóvenes clientes le gritaban sus palabras más entrañables al final de cada sesión. 

De todas formas, algo detuvo a Marcos y no lo mató, eso ya lo repetimos. Habría matado unas tres o casi cuatro veces, así que una mancha más al joven tigre no le hacía. Levantó su campera y tapando su mano de arma, salió. Perecía decidido a ir de aventuras por las calles de el barrio.

El dentista es un hombre mayor, tiene cabello blanco y un caminar bastante peculiar y afeminado. Me lo señaló mi primo con su dedo mientras hacíamos correr las horas de trabajo en la camioneta. Mi primo dice ser conocido de Marcos y del Sordito, siempre sus conocidos son del barrio. Yo por lo pronto le creo, o no sé si le creo, pero lo escucho y sin dudas las historias que siempre suceden en su barrio hacen más llevadera la jornada laboral de carga. 

Los cuerpos, como él los nombra, van al dentista a arreglarse los dientes picados por la cantidad de pasta que se meten, pero en serio, les quedan joya.

Los  cuerpos, andan en la corta y se los conoce como los ratitas también o los guachitos del barrio que se dan cuenta que tienen que arreglarse la boca en algún tiempo muerto o cuando se miran al espejo, o luego de quemar todo con un fierro, robando todos los comercios de la avda principal  incluyendo el propio ciber donde juegan en red a algún juego de estrategia.

-  No les importa nada ahora! Decía mi primo.

Se ve que les gusta pensé.



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